Especiales Vicepresidencia

Discurso

Palabras de la Vicepresidente de la República, Marta Lucía Ramírez en la conmemoración de los 200 años de instalación del Congreso de Angostura

Bogotá, 15 de febrero de 2019
 
Estos 200 años de independencia nos han permitido reencontrarnos hoy, nuevos y viejos conocidos, con antiguos hermanos de siempre. Colombianos en la mayoría y venezolanos entrañables con el propósito de reconocer nuestro pasado, para solucionar problemas del presente y proyectarnos como una gran sociedad hacia el futuro.
 
Yo quiero agradecer muy especialmente y felicitar a Valentina y a Daniel porque eso que ellos dijeron es exactamente lo que ha querido el Presidente de la República Iván Duque, cuando le propusimos al colegio máximo de las academias que no limitáramos la conmemoración de esta independencia de Colombia a todos los hechos que sucedieron en el año 1819 y particularmente a esa memorable batalla, sino que extendiéramos esta conmemoración a los años siguientes para llegar a incluir también 1823, con lo que significó la Batalla de Maracaibo. Pero es importantes que este hecho nos sirva no solo para recordar la historia, para conmemorar hechos heroicos, sino que nos sirva para hacer una reflexión sobre ¿Qué somos? ¿Qué queremos ser? y ¿Qué podemos llegar a ser? Si nos comportamos como lo dijo el Libertador: como verdaderos ciudadanos. Ese es el único título al que debemos aspirar todos nosotros.

Es por eso que durante estos tres años y medio vamos a estar en modo conmemoración de la independencia de Colombia, entre otras cosas, porque nos preocupa la ausencia del conocimiento de la historia por parte de los jóvenes, porque cuando no tenemos claras nuestras raíces, cuando no sabemos de dónde venimos, es poco el sentido de pertenencia, no tenemos amor propio, no tenemos orgullo de lo que hemos ido construyendo como Nación, entonces hemos querido con el señor Presidente de la República, que durante estos tres años y medio podamos con cada uno de los eventos históricos, tratar de traerlos al presente y, a partir de ellos, hacer reflexiones sobre el futuro que nos permitan un ejercicio de prospectiva y proyectarnos sobre la gran nación que debemos ser.
 
Agradezco a Inés Quintero, Presidenta de la Academia Venezolana de Historia, por haber venido y contribuir a nuestro llamado; a la Academia Colombiana de Historia, al Colegio Máximo de las Academias, a la Secretaría Distrital de Educación de Bogotá, a los jóvenes estudiantes que hacen parte del programa SIMONU (Simulación de las Naciones Unidas), al Archivo General de la Nación, al Ministerio de Cultura, al ICANH, al Ministerio de Defensa, las Fuerzas Armadas y la Policía y a todos los que han colaborado para encontrarnos a hablar sobre el país que queremos ser, retomando los hitos que definieron la gesta de independencia.
 
Son 200 años de independencia y 200 años para reflexionar sobre el triunfo de las ideas, pero también ese triunfo del pensamiento claro del Libertador y de esa voluntad indoblegable que siempre lo caracterizó.
 
La conmemoración del bicentenario de la independencia nacional requiere audacia y determinación para enfrentar los grandes retos del momento histórico que hoy vivimos. Para colocar la mirada en la historia pasada que nos construyeron y en la futura que nos corresponde construir a los ciudadanos de hoy en esta gran Nación, que por su empeño Bolívar llamó Colombia cuando ya Miranda se había referido en agosto de 1806 al Ejército colombiano y a sus principios para conseguir la libertad.

Me conmovió cuando escuchamos la lectura del soldado que pidió, en ese momento, el retiro para poder acompañar a su madre, a su esposa y a su hijo recién nacido, porque esos valores del Ejército colombiano son los mismos que tiene el Ejército y las Fuerzas Militares de la Colombia 200 años después. El sacrificio que hicieron entonces nuestros soldados, es el que siguen haciendo hoy, la diferencia es que en ese entonces esos soldados eran analfabetas y hoy son soldados preparados, ilustrados, con un pensamiento formado y con una determinación permanente de luchar por la democracia de Colombia, por la integridad de nuestro territorio, de garantizar un futuro democrático para nuestros jóvenes y ese esfuerzo lo hacen todos los días a costa de sus familias, de sus ausencias, de lo que significa el sacrificio personal pensando siempre que ese sacrificio vale la pena cuando se hace por el pueblo de Colombia. Gracias, General.
 
En el mensaje que dio Bolívar al Congreso de Angostura estaba expuesto con claridad su pensamiento político de lo que requerían entonces nuestras dos naciones, Colombia y Venezuela. Esa unidad que no es ya, lamentablemente, la de un gran Estado, sino la de dos países diferentes, mantiene vigencia, es la unidad en el clamor en una sola voz por la libertad y por la democracia.
 
Cuánta falta hace hoy esa elocuencia iluminada del Libertador que a pesar de las penurias guerreras de más de tres años, desbordaba en febrero de 1819 en las propuestas que meses más tarde pondría en práctica en su campaña hacia Santa Fe. Ese pensamiento político que siempre pensó en grande, tiene plena vigencia hoy cuando nuestra hermana Venezuela carece de un sistema de Gobierno que, parafraseando al libertador, “produzca la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política”.
 
Celebrar nuestros 200 años de independencia, nos lleva a hacer una difícil reflexión: ¿Qué hemos hecho con nuestra independencia? y en especial en este día ¿qué hemos hecho con los valores que se fijaron como derrotero cuando se instaló el Congreso de Angostura y que condujeron a la aprobación de la Ley fundamental, el 17 de diciembre de 1819.
 
Hoy, 200 años después, sigue vigente la frase premonitoria del libertador, cuando afirmó: “será el voto de los ciudadanos de ambos países, la garantía de la libertad de América del Sur”. Hoy corresponde reconocer que como sociedades, Colombia y Venezuela no hemos sabido valorar, ni aprovechar adecuadamente las libertades que nos heredaron los padres de la patria. Es justamente desde la búsqueda de esas libertades que se justifican los sacrificios y el enorme esfuerzo de hombres y mujeres que construyeron la República, emprendiendo el camino militar, el civil y el político. Fue gracias a su claridad y determinación como procedimos a construir nuestras naciones por las vías democráticas, cívicas e institucionales, pero dimos por hecho que el terreno ganado y las libertades conquistadas tenían carácter perenne y en lugar de afinarlas y fortalecerlas las hemos dejado diluir, y hoy como hace 200 años vemos la necesidad de reconquistar la libertad para Venezuela.  
 
Cuánta falta nos ha hecho utilizar estos 200 años en concentrar todos nuestros recursos en la creación de valor social, superando los angustiantes tiempos de la conflictividad, la violencia, la pobreza y la ilegalidad. El desarrollo económico y la innovación; la eficacia y la legitimidad del Estado concentrado en el progreso de sus ciudadanos; la diplomacia y la movilización ciudadana, son los instrumentos con que contamos hoy para luchar sin armas, pero con igual determinación por el valor de la libertad tan ausente hoy no solo en Venezuela, sino en todos los pueblos de América Latina que reclaman acceso a los derechos, a las oportunidades y el progreso que les niegan a diario la pobreza, la corrupción, la impunidad y la exclusión social. La libertad es la condición necesaria para lograr la sociedad pacifica, amigable, sostenible y de progreso para todos, que tenemos que asumir como objetivo hacia el tercer centenario de nuestra Colombia.
 
En palabras de neurocientíficos como Paul Zak, estamos en mora de construir sociedades en las que fluya más la oxitocina, la hormona del vínculo social. Esto para decir que es en el comportamiento ciudadano en el que tenemos que poner la fuerza de nuestra esperanza para construir lazos fuertes de confianza, sellados por pactos sagrados de reputación por lo social, reciprocidad, cooperación y solidaridad entre ciudadanos.
 
Esa es la integridad pública en la que encontraremos la conexión entre nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Es desde la integridad pública donde debemos llamar a la integridad ciudadana, es desde la transformación en el manejo del Estado como pretendemos convocar la transformación en la sociedad colombiana. La integridad pública ha sido desde hace 200 años un anhelo, hoy debe ser un activo estratégico e indispensable para construir la Nación que queremos ser, siendo parte de la mentalidad y cultura que trasciende de los egoísmos e individualidades que han marcado nuestra historia.
 
Han pasado 200 años y nos hemos negado a desarrollar la visión unificada y grande de Venezuela y Colombia, así como la de toda América Latina. Hoy seguimos buscando el eslabón perdido que nos permita inspirar a la humanidad, en ocasiones con afán desmedido por crear normas que resuelvan todo, cuando bien podemos reconocer en nuestro contexto que hay una diferencia muy grande entre la legalidad, la legitimidad y la ética. Es la legitimidad en el ejercicio de las funciones públicas, es en la ética de integridad pública de muchos colombianos de ayer y hoy, a pesar de muchos que se han desviado, es en la que hemos podido permanecer y fortalecernos como Nación a pesar de las adversidades y obstáculos.
 
Los logros que generosamente han entregado miles de nuestros compatriotas a la sociedad, prueban también que en Colombia sabemos poner lo mejor de las virtudes al servicio de la humanidad cuando las circunstancias así lo requieren. Cuando compartimos más, somos más, cuando cuidamos con desvelo por el otro, somos más, cuando brillamos gracias a la riqueza de nuestra diversidad étnica, multicultural y regional brillamos más y cuando pensamos que el abandono de nuestras fronteras es una anomalía que debemos de inmediato corregir, nos acercamos más y más al significado de esa libertad grande, generosa e integradora entre nuestros pueblos por la que el Libertador y sus hombres marcharon semidesnudos y lo entregaron todo, hasta su propia vida y libertad, pero nos dejaron nuestra libertad y la posibilidad de ser dignos y grandes ciudadanos del mundo.
 
Nuestros ancestros en la senda de la construcción de ciudadanía democrática, dieron los mejor de sus capacidades para cerrar 300 años de dominación colonial. Sus primeros pasos en la Nueva Granada se remontan al movimiento de los comuneros y recorren una trayectoria que tuvo un primer hervor en 1810 con el grito de independencia. Luego, entre 1815 y 1819, vino un horrible periodo de terror y muerte generado por la reconquista a manos de Morillo y el dominio realista, un inquietante momento en el que se diezmaron vidas y quizá la expresión de las ideas, pero no mataron las ideas ni el espíritu de libertad e independencia, inherente a la dignidad humana y gracias al cual tenemos hoy la libertad que tenemos.
 
Yuval Noah Harari, historiador israelí, con sus permanentes reflexiones y sus libros nos señala que estamos en un punto crítico sobre el desarrollo de la humanidad ¿qué clase de humanidad tendremos en unos años, a partir de ahora, cuando la robótica, la biotecnología, la tecnología, cambien permanentemente el funcionamiento de la sociedad y del ser humano? Él ha expresado una frase que expresa la profunda tensión entre las zonas de confort o conformidad y la disrupción creativa como factor que define el devenir de la humanidad, cito: “Si el futuro de la humanidad se decide en nuestra ausencia, porque estamos demasiado ocupados… ni los demás ni nosotros nos libraremos de las consecuencias”. De nuevo me pregunto ¿qué hemos hecho con nuestras libertades? ¿qué estamos haciendo con el privilegio de tener libertad y democracia?
 
Hoy vivimos realidades que requieren que nos liberemos de las tiranías de la pobreza y la desigualdad, pues alimentan los populismos que restringen las libertades y terminan con la democracia; eso, tristemente fue lo que le sucedió a nuestra otra mitad, nuestra hermana: Venezuela. Por eso, quienes hacemos parte del Estado debemos entender que nuestra obligación es luchar todos los días, sin descanso, por garantizar la soberanía del pueblo, a través de las instituciones, de la pervivencia de la democracia y del ejercicio pleno de los derechos civiles y políticos, pero exigiendo de cada ciudadano el cumplimiento de los deberes que tiene para con la sociedad. Las sociedades humanas son el mayor logro de la humanidad, pues permiten extender redes de solidaridad, progreso y altruismo entre millones de personas.
 
En 200 años de independencia nos han unido los ideales de dignidad y libertad, por eso hoy adquiere más sentido conmemorar una fecha crucial que nos llevó primero a la libertad y luego a la República: El Congreso de Angostura que tuvo lugar en la Guayana Venezolana el 15 de febrero de 1819.
 
Era un día como hoy, incluso era también un viernes, hace 200 años, cuando se dio al general Simón Bolívar el título de Presidente y se le concedió el mando absoluto sobre las tropas patriotas, encargándole el liderazgo de la campaña que se ordenó sobre el territorio de la Nueva Granada. Luego en Tame se reunió el Ejército de Venezuela con los Bravos del Casanare liderados por Santander y las gentes de la Nueva Granada, y juntos ascendieron la cordillera para luego descender por el páramo de Pisba hacia Sogamoso y enfrentar así las batallas del Pantano de Vargas y la del campo de Boyacá, que hicieron posible esa toma de Santa Fe, una vez que el virrey Sámano y la Real Audiencia huyeron hacia el puerto de Honda.
 
El discurso pronunciado por el general Simón Bolívar al instalar este Congreso de Angostura insistió en “la reunión de la Nueva Granada y Venezuela en un gran Estado”, para ser capaz de construir una nueva nación que causaría la admiración del mundo. El Libertador decía que estaba desde el futuro mirando ese momento ¿qué estará pensando el Libertador? ¿qué sentirá hoy con lo que hemos hecho con su legado? Ese nuevo Estado que establecería la Constitución habría de ser republicano, sobre la base de la soberanía del pueblo, con división de los poderes públicos, prohibición de la esclavitud, libertad civil y abolición de los privilegios, educación del pueblo y respeto a las leyes.
 
Ese es justamente el propósito de La República que imaginaron los padres fundadores y ese propósito es el que hoy perseguimos. En el gobierno del Presidente Iván Duque nuestro propósito es impulsar el desarrollo de nuestra Colombia, basados en el compromiso de cumplir la ley y hacer cumplir la ley a todos los ciudadanos, pero también en el propósito de lograr el desarrollo económico que a todos nos permita progresar, dependiendo de nuestro empleo, de nuestra capacidad de trabajo, no dependiendo de el favor y de la dádiva del Estado, y en la medida que seamos capaces de cumplir la ley y de generar un desarrollo económico que de empleo y dignifique la vida de cada colombiano tenemos que lograr la igualdad, la inclusión social que libere a todo el pueblo colombiano de esas cadenas, de la opresión, de la pobreza, de la corrupción,  de la ilegalidad y de la impunidad que desafortunadamente sufre nuestro país.
 
Angostura tuvo una importancia invaluable, pues trajo al mundo de las instituciones el Consejo de Estado y la segunda carta constitucional de Venezuela, pero también la autorización para que el general Bolívar marchara con los hombres de su mando a la campaña de la Nueva Granada, requisito necesario para la creación de Colombia.  Hoy evocamos la gesta libertadora y la creación de las instituciones, como el guiño de nuestros ancestros para mantenernos como República firmes en el fortalecimiento de la democracia, buscando garantizar la igualdad de derechos y oportunidades para todos nuestros ciudadanos. Es por eso que nuestra solidaridad de hoy con la causa de la libertad de Venezuela es también la lucha nuestra por la garantía del futuro democrático y de libertad para Colombia.
 
Resulta fascinante imaginar el espíritu de las gentes de la época unidos en la causa común, dando frutos que superaron las más difíciles adversidades. Antes de que este Congreso de Angostura entrara en receso, hasta la apertura del Congreso Constituyente de la Villa del Rosario de Cúcuta, Francisco Antonio Zea redactó y leyó un Manifiestodirigido a los “Pueblos de Colombia” que puede considerarse con la Ley Fundamental, uno de los principales documentos fundadores de la nación colombiana. Entendía Zea por “Pueblos de Colombia” la reunión de tres pueblos de naturaleza distinta: Venezuela, Cundinamarca y Quito. Todos ellos habrían reconocido la necesidad de reunirse “en una enorme masa” para constituir “una fuerte y sólida potencia”, capaz de hacerse respetar, y para existir como un solo “cuerpo de nación”.
 
Todos los ciudadanos de este nuevo pueblo tendrían que aprender a decir con orgullo “yo soy colombiano” porque los tres pueblos integrantes no serían capaces, “ni en un siglo”, de constituirse por su parte en una “potencia firme y respetable”, se necesitaban los tres, debían estar juntos. En cambio, reunidos serían esa “colosal república” con un pie en el Atlántico y otro en el Pacífico. Lo único que se requería para tal unión política era la voluntad de todos los colombianos, porque si una nación dotada con tal profusión de recursos por la naturaleza no había existido antes en el mundo político era porque sus ciudadanos no lo habían querido.
 
Queredlo y está hecho. Decid “Colombia sea, y Colombia será”. Vuestra voluntad unánime, altamente pronunciada y firmemente decidida a sostener la obra de vuestra creación; nada más que nuestra voluntad se necesita en tan vasto y tan rico país para levantar un poderoso y colosal Estado; y asegurarle una existenciaeterna, y una progresiva y rápida prosperidad.
 
Así lo demandó Francisco Antonio Zea en una expresión afortunada y muy emocionada.

Jóvenes colombianos, ustedes son herederos de un linaje poderoso, un linaje de hombres y mujeres de diversas etnias, culturas y naciones que lucharon por la libertad y la consiguieron para nosotros y para ustedes.
 
A partir de Angostura, la Nación colombiana había comenzado finalmente a andar por su camino propio, entendido como el largo proceso de construcción de una universalidad de los colombianos y de los ciudadanos. Ya no había marcha atrás: los pueblos de las provincias de la Nueva Granada serían en adelante parte de una nueva nación, insertada en el concierto de un par de centenares de semejantes que hasta hoy navegan por el espacio sobre el planeta Tierra.Hoy, doscientos años después, debemos decir que no haya marcha atrás: debemos recuperar la libertad y la democracia para el pueblo de Venezuela, debemos profundizar en la democracia e institucionalidad del pueblo de Colombia y de igual manera debemos garantizar que nuestros dos pueblos se liberen para siempre de la esclavitud de la pobreza, el narcotráfico, la corrupción y la impunidad que han limitado seriamente nuestras posibilidades de progreso.
 
Como ciudadanos, disponemos también de las fuentes históricas para discutir sobre el pasado de nuestra Nación, hoy tenemos la vocación que la cuarta revolución nos ha favorecido para ser agentes de cambio y tenemos el compromiso para solucionar los problemas del presente, con creatividad y determinación.

Entonces esos 32 diputados que representaron a las provincias de Guayana, Margarita, Cumaná, Caracas, Barcelona, Barinas y Casanare. Así como la provincia del Casanare pertenecía a la jurisdicción del Nuevo Reino de Granada, sus tres diputados —Francisco Antonio Zea, José María Vergara y Vicente Uribe— fueron recibidos con complacencia y asistieron a esa cita con la historia, con nuestro presento. Nosotros tenemos que asistir, también, a esa cita que tenemos para construir de la mano del Estado colombiano y de las instituciones, esa cita con el futuro de nuestros jóvenes.

La conmemoración del bicentenario no se debe limitar a la recordación de hechos, sino a esta reflexión que nos permita proyectarnos hacia el futuro e inspirar cada vez más a nuestros nacionales, para consolidar esa esencia de la colombianidad que tantos admiran, nos hace falta reconocer más esa esencia, nos hace falta valorarla y quererla cada vez más: nuestra inteligencia, talento, laboriosidad, creatividad, diversidad, esa potencia cultural que es Colombia y la solidaridad que nuestro pueblo está demostrando hoy más que nunca con esa otra mitad nuestra que es el pueblo de Venezuela. Los colombianos somos eso y mucho más.

Quiero citar otra vez al Libertador para recordar esta frase:
 
“Si merezco vuestra aprobación, habré alcanzado el sublime título de buen ciudadano, preferible para mí al de Libertador que me dio Venezuela, al de Pacificador que me dio Cundinamarca y a los que el mundo entero puede dar”.
 
Necesitamos que Colombia se esfuerce todos los días en producir buenos ciudadanos, tal como el Libertador Simón Bolívar lo pidió en febrero 15 de 1819.

Muchas gracias.

  

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